Black Sabbath: los golpes en el yunque

some people say my love cannot be true / please believe, my love, and I’ll show you
N.I.B – Black Sabbath

Arezzo. Toscana italiana. 1031

Un monje camina por los pasillos del vetusto edificio que sirve de especie de academia musical. Tiene 40 años y alcanzar esa edad en el Medioevo es vivir demasiado. Le duele una de sus piernas y siente la vista agotada al pasarla sobre los pentagramas escritos en curados pergaminos. Es un hombre con notables aportes al arte de todos los tiempos que se ha sacrificado en la enseñanza a hermanos de fe, poniendo en ello todo su talento y dedicación. El día anterior enseñaba a un estudiante de cítara un extraño acorde fruto de su trabajo y fue sorprendido por el superior que prometió denunciarlo ante un inquisidor por difundir lo prohibido. Pero no sucedió: el abad apareció muerto esta mañana. No fue necesario el diagnóstico de un galeno pues el cadáver yacía boca arriba y su pecho estaba apisonado como si un elefante hubiese puesto sobre él una de sus patas con tal violencia que la sangre, los fluidos y las heces del aplastado se dispararon en todas direcciones. También se decía que el cuerpo había sido profanado. Pocos se atrevieron a ir y mirar pero, de igual manera, el miedo había disparado sus saetas entre los vivos dispersándose en variedad de versiones.

El maestro no deja de pensar en ello. Su quebradero es interrumpido cuando percibe tras de sí unos pasos profundos, como si un insólito caballero con armadura lo siguiera. Se vuelve lentamente, su mirada se pierde en lo desierto del claustro. Solo unas nubecillas de ceniza son arrastradas por la brisa sobre las piedras del suelo en minúsculos e incomprensibles torbellinos. Apresurado, busca la pared del corredor para no caer, vence el último tramo y empuja la puerta de su celda que cierra estruendosamente tras de sí. Se deja caer de rodillas y empieza a rezar en contrición sabiendo que eso no lo salvará si aquel viene a por él. Tiembla aterrorizado y el Cristo de su rosario vibra en el aire. La lumbre de su candil es suficiente para alumbrar el poco espacio pero aunque todo se vea una presencia oscura está allí sin ser presente, lo rodea, lo succiona, lo lame y luego se va, diluyéndose y abandonando la presa a voluntad.

Sintiéndose libre, abre los ojos, pero el terror de la visión lo hace arrastrarse contra el muro, horrorizado. Le han dejado ante sí, como ofrenda, la mano que se atrevió a amenazarlo un día antes.

Afueras de París. 1928

Jean Baptiste, un joven gitano de 18 años regresa a su casa-caravana luego de una buena noche de juerga y ganancia. Tiene todo un futuro por delante. Es un fabuloso intérprete del banjo aunque no sabe leer música, todo su aprendizaje ha sido empírico. Su mujer ya duerme y él se tira entre las flores de artesanía en las que ha trabajado ella todo el día para vender en la plaza recién amanezca. Una neblina inunda el valle, acompañada de un denso silencio. Una mano mueve otra vez los hilos. Un ratón salta del campo a una rueda de la ambulante casa y se cuela por una mínima rendija. El muchacho acerca una vela, intentando atraparlo, la cera cae sobre las flores y se desata un rápido y violento incendio alimentado por el combustible material. Logra hacerse de una manta, envolverse junto a su amante y así salvar milagrosamente la vida. Sus compañeros corren a los suburbios donde conocen a un médico que ha compartido otras veces con ellos y al que le confieren una justificada confianza.

Al pasar los días, las secuelas se hacen evidentes. Sufre terribles quemaduras en su lado izquierdo de la rodilla a la cintura y la mano de marcar los acordes sobre el traste de su banjo está seriamente afectada. Pasa más de un año postrado resistiendo la intención de amputarle su pierna. En sus delirios alguien que le dice ser también un caído y que ahora es rey le promete fama si se niega a la mutilación. Finalmente, su tesón y los cuidados de una diligente enfermera logran salvarlo de la operación pero nada pueden hacer con sus dedos anular y meñique que se contrajeron hacia la palma de la mano debido al calor recibido en sus tendones. Un calor que fue infernal en poco tiempo. Aun así, encuentra con los años el modo de digitalizar con índice y medio convirtiéndose en el primer jazzista natural europeo, dueño de un estilo muy personal de interpretación debido a aquellas llamas que hicieron de él alguien diferente. Es como una pieza única que un diestro alfarero pasó antes por el fuego para después llevarla a un magistral terminado.

Birmingham. Inglaterra. 1965

Una mujer sale de su humilde casa arrendada en el barrio obrero y se lanza entre la multitud que en minutos se tragarán las fábricas. Ella también busca un médico y lo hará aunque le cueste no ir a trabajar esa mañana. Hace dos años murió su hija de fiebre y ahora es el varón el que hierve entre sábanas grises. Tras la puerta que cerró cuando salió a la calle hay un aire viciado por el humo industrial de los suburbios. Su decisión ya ha salvado la vida del muchacho e incluso la propia, pero no lo sabe. Las medicinas surtirán efecto, sean las que sean, pues el caído aparta sus garras del niño y se va a otro lugar. No es necesario matar si las circunstancias no lo ameritan. Ya tiene lo que quiere.

Es así que se escurre por los contenes, remueve el agua de los charcos, corta como cristal algún tobillo en su camino y se escurre por las chimeneas directo hasta la maquinaria. Nadie sabe por qué ella no está en su puesto, solo él conoce que angustiada con la idea de perder su hijo va atravesando la ciudad en sentido contrario. Y hay esta vez aparentes similitudes. Tony tiene 17 años, su sueño es ser un gran guitarrista y precisamente es su último día allí pues quiere emplear todo su tiempo en hacerse un profesional. Pero a su aspiración le falta un simple detalle de acabado que tendrá lugar antes que se vaya para siempre de entre los hierros y las fundiciones. Aquella mujer le daba piezas que él soldaba y que antes ella había metido en una prensa para darles forma. Fue destinado a sustituirla. Toma la primera plancha y la pone bajo el martillo. Baja la palanca y al mismo tiempo siente un batir de alas y un gigante feroz pasa entre sus ojos y sus manos turbándolo el tiempo suficiente para que todo cambie. La sangre brota en un terrible alarido, se lanza al piso intentando contener con su mano izquierda el dolor de su derecha para siempre incompleta. Las primeras falanges de sus dedos medio y anular, los dedos que marcan los acordes sobre el traste de su guitarra, han sido cortados. La bestia se va complacida e indolente.

Birmingham. Algo después

Allí en aquel banco está Tony, destrozado. Sus sueños de ser un gran guitarrista han terminado. Ya pasó el peor dolor físico pero el espiritual lo devora y deprime. Hay alguien con él, alguien a quien nunca ha visto antes. Llegó y se sentó a su lado y casi sin saber por qué Tony le muestra su mano y su agonía. Aquel que no conoce le habla de una noche, casi 40 años atrás, cerca de París y le cuenta de un jovencito con sueños de ser músico, cuya mano que iba sobre el traste de su complicado instrumento se quemó inutilizándole dos dedos, así, como a él le ha sucedido. Y como si hubiese estado muy cerca de aquel chico gitano, le cuenta como con empeño, sufrimiento y trabajo logró sobreponerse y encontrar un camino que jamás hubiese encontrado con los cinco dedos alistados. Luego le dice que quizás también está predestinada su ruta pero para saberlo no puede renunciar ni aún pareciéndole imposible. Luego se levanta y se va sin despedirse. Tony mira sus dispares dedos, luego levanta la vista pero el que dijo algo se desvaneció a media calle entre la multitud que en minutos será tragada por las fábricas.

Birmingham. 1969

La película que se proyecta esta semana debió haber sido ya sustituida, pero el camión que traía los nuevos filmes se fue barranca abajo, así que no queda más remedio que continuarla. El público lo recibe con agrado, pues las colas no se agotan, quieren ver al gran Boris Karloff en escena. Del otro lado de la calle, una banda de rock tiene su mugriento local. Buscan un nombre pues han descubierto que los confunden con otros. En medio de un ensayo, el bajista detiene su vista en la multitud y dice en voz alta lo que pasa por su mente: si tanta gente viene a ver cine de terror deberíamos hacer música que diera miedo. Recuerda un sueño que tuvo, en que un extraño ser de capa negra estaba de pie frente a su cama en la habitación llena de brumas. Él, desde el techo, se veía a sí mismo durmiendo siendo velado por semejante compañía. Inspirado en eso, hace la letra que aún no tiene música ni tiene título, es huérfana de nombre, como la banda. La trae como propuesta días después.

En un rincón Tony Iommi intenta una melodía que lo inspire para acompañar lo escrito. Está ahí más que nada, por puro empeño. Empezó derritiéndose plástico sobre sus dedos accidentados y limando posteriormente el material para lograr unas extensiones. Con su experiencia de metalurgia y empinándose cuesta arriba sobre prueba y error ha llegado a una buena conjunción entre sus falanges de goma y su guitarra, a la que tuvo que bajar la tensión para poder tocarla, empujón que lo ha llevado a una sonoridad más oscura y enigmática que encaja muy bien con las intenciones de interpretación del grupo. Tampoco sabe leer música ni conoce las terminologías, como aquel gitano que le sirvió de referencia para seguir adelante en persistencia y vencidos sufrimientos. Su condición especial define su modo de tocar y el sonido de su instrumento. Encuentra un intro que le gusta, un sonido discordante, violento y abrumador para comenzar la melodía, el baterista se siente energizado y golpea el drums consistentemente. Sin saberlo, solo porque le gusta, Iommy interpreta un sólido y largo tritono, acorde prohibido por la iglesia en la Edad Media y atribuido a Guido de Arezzo. Se identifica como diabolus in música o mi contra fa y se creía que era la puerta de entrada del Diablo a través de la música. Debía ser evitado a toda costa en cualquier composición o interpretación.

Lo que una vez fue el sueño frustrado de un joven guitarrista y sus consecuencias aparentemente trágicas son determinantes en el nacimiento de una banda de culto y un estilo que marcarían para siempre la música en general. Deciden llamarse así mismos y al número que han creado como aquella película que estaba en cartelera pasando la calle: Black Sabbath. Estaban profundamente influenciados por su entorno, por el golpeteo de las máquinas, el hierro sobre el hierro, el vaciado de los moldes, los metales que se calientan y enfrían bruscamente. Mezclaron esas vivencias con la pasión arrolladora del blues, el sonido pesado de su inusual y brillante guitarrista y la brutal voz de Ozzy Osbourne produciendo un resultado que sembraría pautas en las esencias más genuinas del rock: el heavy methal.

Con la satisfacción de haber hallado algo diferente siguen trabajando otros números que sumarían después a su primer disco. Una de las letras que espera música reza:

follow me now and you will not regret / leaving the life you led before we met
you are the first to have this love of mine / forever with me ’till the end of time…

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Felicidades!

Te conocí por una conversación hedonista hace ya más de dos años que para mí han pasado demasiado rápido. Ha sido raro el día que no nos comuniquemos. Algunos creen que nos conocemos personalmente. Nunca nos hemos visto. Otros aseguran que fuimos pareja, real o virtual, o que lo somos, tomando como base los comentarios cruzados que pueden leer en tu blog, en el mío o en el de otros. Tampoco es cierto, pero como dije una vez: honor que me hacen con el vínculo. Disfruto nuestra cómplice amistad y espero seguir haciéndolo por mucho tiempo. Yo no soy nada bueno envolviendo regalos, soy mejor escogiéndolos. Este no ha sido la excepción, el envoltorio está horrible pero lo hice yo –o está horrible precisamente por eso, no?- pero el regalo me satisface mucho. Los regalos me tienen que gustar a mí y eso significa que pueda ver en él a la persona destinataria. Así ha sido en este caso, fui buscando una cosa y por azar llegué a otra pintada para ti. Sobre todo eso: me gustó para ti.

¡Te deseo que pases un día muy feliz! ¡Mucha salud y mucha belleza!

¡Feliz Cumpleaños, querida mía!

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Solooo comemooos plátanooos!*

* (Título apto para cubanos mayores de 30)

Pasé mi preuniversitario becado. Para los que no son de acá, las becas fueron –porque ya están eliminadas casi todas- un tipo de enseñanza que se proponía vincular el concepto martiano de estudio y trabajo en escuelas que quedaban alejadas de las ciudades. Surgieron en las décadas en que la vida en Cuba era económicamente más llevadera y tenían todas las condiciones para enfrentar un gran número de adolescentes convirtiéndose en jóvenes en sus aulas y albergues. Los muchachos eran trasladados en transporte que también ponía el Estado y los pases eran los fines de semana. Fueron muy criticadas siempre por el hecho de alejarlos de la familia en esa edad tan decisiva de la vida, entre los 17 y 20 años más menos. La escuela y sus docentes tenían un papel preponderante en la formación de los estudiantes al tratarse de centros internos. En base a mi experiencia, comparto esa preocupación pero no creo que haya sido algo tan dramático. Muchos cubanos pasaron por becas y son excelentes personas hoy, sin ningún tipo de trauma. En mi caso, si volviera atrás, volvería a becarme sin duda alguna, quizás porque ya sé –o creo saber- que mis traumas no son producto de la beca.

Aprendí muchas cosas lejos de mi familia y estaba en una escuela en que la enseñanza era muy rígida y se velaba fuertemente la disciplina sin llegar a ser deformante, sino todo lo contrario. Pasarla bien en una beca dependía mucho de tu modo de interactuar con los demás y aquellos más complicados terminaban al fin moldeándose para bien a favor de los otros. La crisis económica de los 90, que estremeció para siempre nuestra sociedad, hizo tambalear este proyecto educativo cubano que perdió su capacidad formativa ante la precariedad que lo hacía insostenible material y humanamente.

Yo la pasé en un preuniversitario de los llamados de Ciencias Exactas en una zona agrícola cercana a Santa Clara llamada el Yabú. Era uno de los dos IPVCE que había en Santa Clara, el otro era la Vocacional Che Guevara que era seis veces más grande. Por recortes y decisiones, mi año fue el último grado 12 de la Jesús Menéndez, luego de eso desapareció. Corría el curso 1991-1992. Ya la crisis era evidente y la habíamos visto evolucionar en nuestro comedor y nuestro merendero. Pasábamos hambre y nuestros padres tampoco podían ayudarnos mucho, la comida realmente estaba perdida en todos lados.

Nuestra escuela estaba rodeada por plantaciones de plátano donde predominaba el llamado burro. Este tipo de vianda se utiliza para sembrar los surcos exteriores de un campo de plátanos de mejor calidad para hacer una barrera rompevientos y para desalentar a los ladrones. Es bueno para hacer tachinos o tostones, aunque en el oriente de Cuba donde hay mucha más cultura tradicional en el consumo es una variedad poco demandada. Los sembrados que rodeaban mi escuela eran exclusivamente de este tipo de plátano y empezamos a explotarlas como alternativa alimenticia. Lo que hacíamos era ir hacia la zona deportiva porque el cercado tenía un hueco en la parte que rodeaba la pista de atletismo y nos servía para salir y entrar sin ser vistos. Estar fuera de la escuela sin permiso de los profesores estaba prohibido pero cuando entrábamos en un área de cultivo ya pasábamos desapercibidos. Acto siguiente, nos colocábamos en un surco dejando dos o tres de por medio con el otro compañero. Siempre íbamos 4 ó 5 así que podíamos barrer un área de alrededor de 15 surcos más menos hasta donde alcanzara la vista a cada lado y empezábamos a caminar al mismo tiempo, estilo operación comando. La cosa era ir mirando hacia arriba buscando un racimo maduro, pues este plátano cuando madura se puede comer sin cocinar y sin llegar a ser de la calidad de un manzano, no era nada despreciable para combatir el hambre de un becado. Varias cosas nos pasaron en esas búsquedas, algunas nos hicieron reír, otras no tanto. Solo tuvimos un problema serio cuando uno de nosotros mató sin intención una gallina de un campesino y vinieron a dar las quejas a la escuela.

Ese día habíamos salido todos los varones de mi año a cazar plátanos burro y nos habíamos dividido en dos bandos. Yo estaba del lado que regresó son contratiempos. Al llegar, nos enteramos en el albergue que un campesino había venido a pedir cuentas porque uno de nosotros había matado una de sus gallinas. Nos reunimos en el albergue para saber si era cierto lo que él decía. El guajiro estaba en el parqueo de la escuela, machete en mano, esperando al culpable. Resulta que había sido uno de los mejores estudiantes de mi año, uno de los más disciplinados y aplicados, un buen muchacho al que todos apreciábamos y él dijo que si el guajiro estaba allá abajo, él iría a asumir su responsabilidad. Como nuestra escuela era pequeña, alguien lo vería hablar con él y seguro el chisme llegaría a un profesor y podrían sancionarlo, seguramente con severidad. Ese día habíamos salido algunos con ropa de campo y otros con uniforme –la razón no la recuerdo- y el dueño del animal lo único que afirmaba era que había visto a uno de uniforme azul que había matado una gallina suya de un puntapié. Los que estábamos vestidos de ropa de campo, nos pusimos el uniforme y bajamos todos. Como recuerdo que estábamos todos los varones de mi grupo de 12mo grado, puedo afirmar que bajamos diez al parqueo, en grupo. La intención era doble: no abandonar a nuestro amigo en un mal momento y que nadie pudiera saber quién había sido. Al final, el guajiro habló con nosotros un ratico, “nos” perdonó e hicimos nuestra pequeña fuenteovejunada ante las preguntas del profesorado:

- ¿Quién mató al gallinón?
- Uno de grado 12, señor.

En otra ocasión pasó algo simpático. Generalmente los sembrados estaban limpios de malas hierbas, pero este no era así. Era más bien un campo de matas jóvenes que estaba perdido en la maleza. Quedaba muy cerca de la escuela.

El orden de tamaño era el siguiente:

1. maleza (muy saludable): entre 2.50 y 3.00 metros de altura

2. chamas de grado 12 (hambrientos): entre 1.50 y 1.70, excepto Osmel que medía como 1.80

3. matas de plátano burro (enclenques): alrededor de 1.00 metro.

Normalmente en nuestras operaciones de búsqueda y captura vegetal nos veíamos uno al otro, aquí no fue así. El objetivo de vernos no era otro que caminar al mismo ritmo y que cuando alguien diera la voz de alarma se corriera del primero al último. Les recuerdo que teníamos un hambre que partía el alma, así que encontrar un racimo maduro era una explosión de júbilo a gritos, brincos y batimiento de brazos en el aire que respondía a dos etapas de regocijo.

Etapa externa: ¡Aquí hay! ¡Aquí hay! ¡Encontré uno!
Etapa interna: ¡Y lo encontré yo, cojones!

Pero en medio de nuestra pequeña selva tropical aquella vez nos fuimos perdiendo y unos se fueron adelantando y Osmel atrasando. Aparte de muy alto, tenía un temperamento completamente diferente al resto: era muy tranquilo, muy impasible. Y poco a poco, fue quedándose atrás. Iba, además, por el carril del centro si lo comparamos con una pista de atletismo. De pronto sentimos su voz unos 25 metros más atrás:

- Ey… Plátanoooooos. Están maduroooooooos.

Osmel nos anunciaba un descubrimiento. Intentaré que se acerquen al tono. Fíjense que lo escribí sin signos de exclamación. Ahora ubíquense en una escala musical: doooo, reeee, miiiii… Bien, con ese tono de dooooo, digan plátanooooos, lo más plano posible, lo más conversacional posible. Así lo escuchamos. Nadie se movió. Pensamos que era mentira e ir hacia atrás por nada en medio de la maleza no era algo gracioso. La exquisita calidad del campo contribuía a nuestra incredulidad pues las esperanzas de encontrar algo allí eran bien bajas. El llamado se repitió, de la misma manera.

- Ey… Plátanoooooos. Están maduroooooooos.

Seguimos sin movernos. Estábamos convencidos que era una broma de mal gusto de Osmel. Él se dio cuenta que nadie acudía y por qué. En el mismo tono dijo una frase que nos convenció inmediatamente:

- Ey… Plátanooooos. Me los estoy comiendooooooo.

Y lo más gracioso fue que al acercarnos estaba parado frente a una mata que no levantaba una cuarta del piso y que tenía un mísero racimito maduro y ni siquiera se había tomado la molestia de arrancarlo, sino que estaba tomando platanito a platanito mientras decía entre uno y otro:

- Ey… Me los estoy comiendooooooo.

En este punto le fuimos arriba como fieras a lo que quedaba. Esta manera de nuestro compañero de anunciar su hallazgo de comida quedó para la historia y después, cada vez que salíamos, había uno que lo imitaba en medio del platanal:

- Ey… Plátanooooos.

A mi sobrina le hice el cuento y se rió muchísimo y ahora en casa entre ella y yo cuando hay platanitos, usamos ese mismo parlamento:

- Ey… Me los estoy comiendooooooo.

Hay momentos en la vida que son intrascendentes aparentemente y sin embargo luego más nunca olvidamos pues tienen todos los elementos que lo hicieron parte de una etapa singular.

Cuando encontrábamos un racimo, generalmente estaba alto, muy alto. No teníamos ninguna herramienta a mano: ni cuchillo ni machete. Literalmente, nos fajábamos con la mata hasta tumbarla y a veces costaba bastante lograrlo. No podíamos regresar a la escuela con plátanos en la mano, así que se trataba de tumbar y devorar lo que más se pudiera. Un día encontramos un racimo muy bueno detrás de la pista de atletismo, no nos costó mucho trabajo hallarlo ni llevarlo al piso. Estábamos todos vestidos con nuestro uniforme azul y nos sentamos alrededor del racimo, en círculo. Y cuál náufragos que no tienen nada y están famélicos pero comparten lo hallado, fuimos cogiendo los plátanos, de uno en uno, como devorando un cadáver. Eso fue un mediodía, habíamos acabado de almorzar y teníamos clases por la tarde, pero el almuerzo estaba ya tan malo que salíamos casi directo del comedor para el monte. Regresamos al aula a tiempo, satisfechos. Me comí ocho plátanos ese día que pensé sería trivial, sin embargo cuando recuerdo mi preuniversitario y nuestra necesaria aventura de cacería, el momento que recuerdo como más pleno fue ese en que aparentemente no pasó nada y solo estuvimos sentados alrededor, sin hablar, matando el hambre.

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Poema CXXIII – Dulce María Loynaz del Castillo – Poemas sin nombre

Como todos los niños, cuando yo lo era, solía preguntar a mi madre de dónde me habían traído…

Y como todas las madres, fabricaba la mía para contestarme, una tierra de de leyenda o escogía entre los países del mundo, el que le parecía más hermoso.

Pero, no sé por qué, recuerdo que, a pesar de su buena voluntad, una vaga decepción seguía siempre a la respuesta; creía yo a mi madre; pero, una vez satisfechas mis turbadoras curiosidades, me quedaba por mucho tiempo triste.

¿Qué era lo que mi pequeño corazón soñaba entonces? ¿De qué flor hubiera querido brotar, de qué nube salir volando como un pájaro?

No lo sé todavía, y ahora pienso que sólo la verdad era digna de mi sueño.

Mi madre no podía ofrecerme nada más hermoso que ella misma… Pero si me la hubiera dicho, era su verdad tan maravillosa, que no la hubiera creído.

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Entérate, Cupido!…

No quiero más amores en la distancia. Me niego a ello. Quiero extender la mano cuando lo necesite por motivos de amor o de rabia –o la misteriosa mezcla de ambos- y tocar una piel que tenga dentro cosas que decirme ahora. Sobre todo eso: ahora.

Que ahora me enfrenten o me abracen; que lo mismo pueda sentir de pronto una bofetada, un grito, un beso, un arañazo, una contracción, un palpitar. Quiero sobre mí la sombra imperfecta de la bestia femenina.

Que no queden para un día determinado los regalos, ni las citas, ni el sexo porque en horas no estarás o no estaré. No mirar intensamente para recordar después, sino hacerlo sabiendo que también mañana y pasado y quizás –nadie sabe- el domingo que viene podré llenarme otra vez con un pedacito de eternidad prestada y oculta en la que no quiero volver a creer aunque lo haga. Es eso o nada. Prefiero la soledad completa y cruda escupiéndome la cara a una disfrazada de bufón oportunista y criminal.

¡Que no haya más un mañana prometido, angelito mariconeado con flechitas!

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Se busca local para montar un Café

Desde hace dos semanas no puedo acceder como administrador al wordpress, no puedo logearme. En medio del proceso, se detiene la carga y me dice que debo reintentarlo. Mi último post fue subido gracias a izmatopia que me hizo el favor, se lo envié por email y ella lo subió, al igual que hizo con esto que leen ahora. No puedo comentar ni en mi espacio ni en el de nadie, pero afortunadamente los puedo seguir leyendo a todos.

El próximo lunes salgo en movilización militar y no estaré de vuelta hasta el día 30 de marzo. Si para ese momento esta situación continúa, tendré que mudarme de plataforma.

Yo puedo leer todo lo que ustedes me escriben. Algunos de ustedes tienen mucha experiencia en este mundo. Espero comentarios aconsejándome a dónde es mejor que migre El Café de Nicanor, preferiblemente un espacio sencillo para que no me suceda lo mismo. Cuento con su ayuda para mover las mesas. Leeré el día 30 todo lo que me hayan aconsejado.

Saludos a todos.

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Cuba tras un balón.

Cuba tiene temas nacionales para debatir que da gusto. Por suerte no es una nación estática. Muchos que viven en el extranjero piensan todo lo contrario y creo tiene que ver con la tergiversación, a veces ingenua, a veces malintencionada, de nuestra compleja realidad. Todo se sobredimensiona o se hace increíblemente particular, pero lo mejor de ese cuento es que no pocas veces internamente somos los principales responsables de las deformaciones neuronales. Me quiero referir a algo que en estos días me tiene medio encabronado y pienso tiene de lo mundial que de pronto hacemos algo intrínsecamente local.

De niño mi primer recuerdo del fútbol es la Copa Mundial de 1986 en México donde Diego Armando Maradona brilló notablemente. Yo tenía 12 años y recuerdo la pasión de la gente con aquello. No tengo idea de si era la primera vez que se disfrutaba una competencia de este tipo en Cuba, no recuerdo qué pasó con la televisión y los mundiales anteriores. Después, vinieron Italia 90, Estados Unidos 94, Francia 98, Korea-Japón 2002, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010. En cada uno de ellos se vivía en Cuba una emoción diferente por esos días que casi era exclusiva para los que aman al más universal de los deportes. En los últimos años, nuestra televisión ha dedicado más espacio al fútbol internacional. Ya no es únicamente cuando hay Copas del Mundo y hay muchos niños y jóvenes practicando este deporte en sus ratos libres y se han convertido además en seguidores de grandes de este deporte como Messi, Ronaldo, Kaka o Xavi. Ese fenómeno no existía en nuestro país de un modo tan masivo como en los últimos años y se debe en gran medida a las oportunidades de conocimiento y acercamiento de la gente a este deporte y sus jugadores. Coincide este período de transición, que no fue de un día para otro, con la entrada de los profesionales a los torneos de beisbol y la caída de los equipos Cuba del primer lugar de cada evento en disputa, debido además a que el espectáculo cubano ha sido descuidado y maltratado por su directivos, lo que ha contribuido a su decadencia. Retiros forzados de atletas sin reserva natural completada o preparada, calendario de demasiados equipos y de número impar de concursantes, juegos diurnos, ausencia de topes y falta de un torneo de primer nivel son ejemplos de decisiones erróneas, comprometidas, ineludibles o retardadas. Aún así, es bueno destacar que el resultado de los equipos nacionales en eventos internacionales luego de la entrada de profesionales no ha sido un desastre, lo que sucede es que después de haber jugado tantos años barriendo rivales para la afición es difícil acostumbrarse a una pelota que no es de uno, dos y tres. Y ha sucedido exactamente lo contrario: cada vez se disfruta menos en televisión de una pelota de calidad pues estos torneos de nivel son muy aislados.

Es así que el fútbol ha ido prendiendo en los más jóvenes de una manera no vista antes y ya empezaron las absurdas preocupaciones de ciertos periodistas deportivos remachadas por mediocres documentales hechos en la capital pero ofrecidos en la televisión para todo el país que atizan los fuegos de una controversia, a mi modo de ver, absurda y descolchonada. Han surgido quienes le temen al fenómeno del gusto por el fútbol en detrimento de nuestro beisbol y lo expresan públicamente en los medios con argumentos que me parecen poco profesionales e inmaduros. Lo primero: hablamos de dos espectáculos muy diferentes y de dos deportes muy diferentes. Los muchachos siguen a futbolistas internacionales porque nuestra liga de futbol dista mucho de tener calidad, eso es cierto, pero no es un fenómeno local. El interés por el Barcelona o el Real Madrid es mundial y se sigue masivamente en otros países donde sí hay buenas ligas de fútbol y mucha más tradición que en el caso cubano. Hablamos de una maquinaria mediática e industrial que mueve millones de euros o dólares o lo que sea y mueve millones de personas en el globo. La liga española ha llegado a ajustar sus horarios para que sus partidos ocupen un espacio estelar nada menos que en China. O sea, es un imperio industrial mediático y deportivo que ha empujado el interés por el fútbol a nivel mundial, no sólo en Cuba.

En este sentido, el beisbol mundial no tiene posibilidad de competencia, queda muerto y batido en la arrancada. Es un deporte menos universal, con menos presupuesto y mucho más desorganizado y dividido en cuanto a sus organizaciones y federaciones, empezando por el simple hecho que conserva la división entre profesionales y amateurs, algo que en el mundo del balón y las porterías no existe. En Europa y África su audiencia es mínima, y en Asia y América es localizada hacia determinadas regiones y determinadas temporadas. Su espectáculo mayor, Las Grandes Ligas estadounidenses distan mucho del rating de audiencia que puede tener un clásico de la Liga Española y no hablemos de una final de Copa del Mundo. Específicamente en nuestro país no son transmitidas ni se ofrecen siquiera resultados de esta que, con sus defectos reconocidos, es la mejor liga de beisbol del mundo. Para Cuba, sencillamente, no existe.

Quisiera expresar mi encabronamiento –segunda vez que uso intencionalmente la palabra- con una idea que en boca de la prensa deportiva he visto por televisión y me desagrada enormemente: no se concibe un joven cubano al que le guste más el clásico Real Madrid-Barcelona que el Industriales-Santiago.

¿Qué somos entonces los cubanos? ¿Gente hecha en serie en una fábrica? ¿Por qué es menos cubano aquél que no le gusta el beisbol?

Ese pensamiento me parece de los años 60 y lo repudio absolutamente. Nadie es menos cubano por su preferencia deportiva. Si, efectivamente, el beisbol es esencia y parte de la nación cubana, no es condición imprescindible de cada uno de sus ciudadanos. La mariposa es la flor nacional y a todas las mujeres no les gusta y no por eso dejan de ser bien cubanas. Lo otro que me parece absolutamente anormal –y tiene estrecha relación con lo anterior- es ese capricho en encasillar y moldear a la gente de una sola manera y no en su diversidad, ese empeño en crear la división entre amantes del fútbol y del beisbol cuando la afición deportiva disfruta de ambos deportes y ese mismo que juega fútbol en la tarde en los terrenos de La Habana va por la noche al Latinoamericano a delirar con los Industriales. Eso de preguntarle a unos niños: ¿A ti que te gusta, la pelota o el fútbol? para luego contar y decir: 4 a la pelota, 2 al fútbol… ¡ok, está bien!, como hizo hace poco Julia Osendi en un material desde Sancti Spiritus me parece otra aberración del fenómeno y un análisis muy superficial sobre la tendencia mayoritaria entre la gente joven a jugar fútbol en detrimento del beisbol, algo que efectivamente se nota mucho en calles, parques y placeres. Otros comentaristas afirman que el beisbol se las tendrá que ver duras en el futuro pues las nuevas generaciones cuando tengan hijos les inculcarán el amor por el futbol y no por el beisbol. Otra idea aberrante. Cada generación vive sus gustos a su modo y que aun padre le guste “algo” –un deporte, una comida, las mujeres- no quiere decir que pueda empujárselo al descendiente. Ejemplos, se sobran. Tengo amigos que son padres y fanes al futbol y a sus hijos varones no les interesa en lo absoluto. Si fuese esa una lógica a seguir: cuántos hijos de peloteros estuvieran jugando en Series Nacionales? Si ese razonamiento tuviese lógica, serían miles de casos y casi que se pueden contar con los dedos de una mano.

¿Cuál es el drama con que la gente joven juegue y siga el fútbol? No estamos hablando de boxeo profesional, ni de carreras de caballos, ni de peleas de gallos ni de corridas de toros. En este fenómeno hay un componente económico importante, aparte de la ola mundial de locura futbolística: es más barato comprar un balón entre todos que comprar guantes, pelota y bates. Pero yo añado más ventajas que tiene el fútbol sobre el beisbol y que jamás este último podrá superar. Ya dije que es más económico, pero además es más adaptable: se puede jugar fútbol en casi en cualquier espacio y la pelota no tiene que ser de primer nivel. Lo pueden jugar personas de diferentes edades y sexos y todos ellos, toquen o no el balón, tengan o no más dominio técnico, se ejercitan al menos corriendo de una lado a otro de la cancha. Es un deporte que favorece el trabajo en equipo y la colaboración y puede causar menos accidentes a personas y objetos ajenos pues un balón de futbol es mucho menos agresivo y está más controlado que una pelota de beisbol en vuelo.

Jamás la pelota superará en ventajas al más universal de los deportes y luchar contra su apogeo me parece vanal y tonto. Al contrario, hay que aprovecharlo para el bienestar físico y las tan comentadas, masticadas y balbuceadas opciones de sano esparcimiento. Es un deporte al alcance de todos que favorece el ejercicio al aire libre de manera continua y disfrutable. Si entre nuestro pueblo aumentan sus seguidores y practicantes solo se obtendrán beneficios. Por otro lado, creer que alguna vez el Latinoamericano o el Guillermón estarán vacíos porque a los cubanos ya no les gusta la pelota es cosa de risa, la verdad. Cuba fue casi la primera colonia española en América y la última en liberarse y el fútbol no es el deporte nacional o de mayor audiencia y nunca lo será porque la pelota está en el alma de la nación aun sin haberse transmitido en 50 años un solo juego de la mejor liga profesional del mundo, privilegio que sí ha tenido el fútbol.

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Tejiendo en la distancia – 3. Una apuesta arriesgada

Previamente:

Tejiendo en al distancia – 2. Amalia Arrieta desde Diario de una hedonista

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Una apuesta arriesgada

Entreabrió la ventana. La calle polvorienta estaba desierta. Al parecer, nadie lo había visto entrar como una tromba a su casa. Volvió al interior, acercó un taburete y se puso a meditar. Había decidido vivir un poco apartado del resto de las viviendas del embarcadero. Aquel que trajo al niño debe haberlo dejado allí precisamente por eso y tiene que haber sido en la madrugada, mientras él pescaba en alta mar. No tenía la menor idea de quién y por qué a él, quizás ni lo conocían y aprovecharon que su casa estaba sola y apartada para allí abandonarlo.

Examinó al bebé en busca de una nota o algo parecido que le revelara algún indicio. Llevaba al cuello una fina cadena de oro con un dije que representaba los pétalos de un lirio: una flor de lis. No estaba seguro si había visto antes la cadena al cuello de alguien o si era el símbolo tridente el que le parecía conocido de algún lugar. Le era recurrente pero no podía establecer exactamente ahora ese vínculo mental. Se sentía todavía demasiado confundido. Por la calidad del bordado de los tejidos dedujo que se trataba de un vástago de cuna opulenta, así que el motivo de dejarlo no era la imposibilidad de sostenerlo económicamente. La razón entonces parecía ser otra, misteriosa y compleja, que necesitaba además del amparo de la noche para ocultarse. Sabía que las monjas de la villa a veces recogían huérfanos dejados a su suerte pero siempre procedentes de familias pobres. Fray Benito venía a la capilla algunos jueves pero para eso faltaban tres días y no era una seguridad absoluta su presencia. A veces, entre semana, visitaba también La Adorada pero no podía llegar hasta allá ahora y dejar a la criatura sin amparo. Tampoco podía cargar con él a plena luz del día. Nadie le creería a un negro que había encontrado a un bebé blanco en su hamaca, pensarían que lo habría secuestrado, no tendría argumentos para defenderse ni alma que apostara por su defensa y quién sabe entonces cuál sería el destino del inocente.

Por un momento, Joaquín se sintió muy abrumado. No sabía nada de niños, pero al menos sabía que tendría que alimentarse. Era un bebé que necesitaba leche materna y pronto pegaría gritos reclamándola. Sería inútil intentar ocultarlo. Tenía que decidir qué haría, a quién llevárselo, cómo salvarlo y salvarse al mismo tiempo. A su mente vino una sola salida pero estaba consciente que quizás no fuera la mejor ni a mediado ni a largo plazo pero no vislumbraba ninguna otra alternativa. Buscó una canasta, la acolchonó con su propia hamaca amontonada y allí lo puso. Recordó en ese momento aquella historia bíblica que de niño había escuchado cuando cristianizaban a los negros esclavos sobre el bebé que su madre puso en una canasta en el agua de río, entre los juncos y allí la encontró la hija del rey. Bajó por el portalillo trasero y puso la canasta en el fondo de su barca. Su perro ya estaba sentado en la popa cuando desamarró y levantó vela. No había ninguna embarcación de porte cargando o descargando y el ambiente mañanero estaba quieto, la corriente tampoco estaba fuerte. Alguien le hizo una seña desde la fonda y él respondió con el gesto que indicaba que la señal había sido recibida: todo estaba despejado aguas arriba, ni traficantes extranjeros ni naves de la autoridad.

Como su barca era pequeña, podía ir un poco más allá de donde lo hacían otros mayores. La mañana estaba fresca, el bebé permanecía despierto. No lloraba. Sobre aquellos ojos azules que todavía no habían madurado como para ver bien el mundo, pasaba la luz del sol entre los árboles que cubrían las aguas. A cada paso la vegetación se hacía más densa y el caudal menguaba mientras se adentraba cada vez más en la tierra y se alejaba del mar. Fue bordeando bien atento cada meandro pero no se encontró con nadie en la subida. Conocía muy bien aquella parte del río y mantenía sus ojos en la tupida vegetación que lo enmarcaba, sabía que para esas alturas ya había sido visto y presentía que esta vez levantaba desagradables sospechas. Bajo una ceiba que crecía cerca de la orilla había un pequeño refugio natural muy estratégico. Detrás de su ancho tronco se ocultaba la entrada a una pequeña bolsa de agua dulce invisible desde el caudal principal. Años atrás había excavado y dado forma allí a escalones hechos en la tierra y sostenidos con maderos que le servían para desembarcar con agilidad incluso cargado, pero esta vez su canasta no llevaba mercancías. Buscó un machete que dejaba escondido al borde de un trillo que una mirada inexperta no hubiese podido encontrar y por el cual Negro ya había desaparecido en loca carrera de ascenso por senda harto conocida. Apretó la empuñadura, se reiteró a sí mismo su propósito y se perdió en el monte a enfrentar el recelo y la venganza.

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Tejiendo en la distancia – Próximamente

Entreabrió la ventana. La calle polvorienta estaba desierta. Al parecer, nadie lo había visto entrar como una tromba a su casa. Volvió al interior, acercó un taburete y se puso a meditar. Había decidido vivir un poco apartado del resto de las viviendas del embarcadero. Aquel que trajo al niño debe haberlo dejado allí precisamente por eso y tiene que haber sido en la madrugada, mientras él pescaba en alta mar…

Próxima entrega: viernes 30 de marzo

Tejiendo en la distancia – 3. Una apuesta arriesgada

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Tejiendo en la distancia – 1. El encuentro
Tejiendo en la distancia – 2. Amalia Arrieta desde Diario de una hedonista

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Etapas de mi país y mis dientes

La semana pasada tuve que hacer una visita a un lugar al que casi nadie quiere ir: el dentista. Fui a una clínica cerca de la casa y me tocó el mismo sillón donde hace un tiempo me hicieron una operación de cordal o muela del juicio. Hice una asociación entre cómo a veces la situación económica ha definido en Cuba varios momentos de la vida de los cubanos de modos diferentes.

Fui al dentista por primera vez porque tenía un gran problema: mis dientes superiores estaban muy fuera de lugar debido a mi mala costumbre de chuparme el dedo. Mi papá había ido como soldado a la República de Angola en 1975 y yo lo extrañaba mucho y lloraba inconteniblemente. Un día mi abuela materna no podía aguantar más mi berrinche, cogió el dedo, me lo embarró en miel, y me lo metió en la boca. Chup! Ese fue el comienzo de una larga tendencia que me costó mucho trabajo quitarme y que dejé además por propia voluntad. Como viejo que fuma y dice ¡hasta aquí! así hice yo de niño con mi dedo, pero ya el mal estaba hecho y bien hecho. Mis dientes eran un verdadero desastre.

En los años 80, cuando estaba en la escuela primaria, se usaba mucho un enjuague bucal con flúor. Llegaban las estomatólogas a la escuela y en un vasito plástico te echaban aquel enjuague que debías mantener en la boca por uno o dos minutos. Algunos intentaban botarlo, a otros les daba fatiga. A mí no me molestaba tanto, no era agradable pero no era de los que hacía espectáculo, más bien estaba entre los que competía por aguantarlo más. Mi primaria quedaba a tres cuadras de una clínica dental para infantes y las visitas del enjuague, como le decíamos, eran muy frecuentes. Allí me llevaron mis padres para atenderme mis desorganizados dientes. De allá a acá han cambiado también criterios en el mundo de la estomatología, uno de ellos es que ahora se esfuerzan en preservarte las piezas, en aquella época no era así y lo primero que me mandaron fue la extracción de una muela permanente para poder hacer espacio para los demás. Así que mi entrada al dentista fue por la puerta estrecha. Al cabo de unos días, regresé para mi primera consulta de ortodoncia.

¿Recuerdan que les dije que la situación económica ha regido y caracterizado la vida cubana en todas las épocas? En aquellos años no había tanta escasez, había excelentes relaciones con el campo socialista y había relativa bonanza. No se escatimaba en nada, y entre ello estaba el material odontológico y la esterilización. Como dije antes, la clínica era para infantes, pero los padres no entraban al área de los sillones. Cuando me tocó mi primera visita, ya con la muela de menos, entré solito al salón. Me dijeron que fuera al último de los tres sillones y allí me senté. Vino entonces la que sería mi doctora por casi 4 años: Mariela. Nunca se me ha olvidado su nombre. Una mujer joven, bonita, muy agradable. Aparte de descubrir que tenía muchos problemas en los dientes me ayudó a reafirmar mi heterosexualidad. Indudablemente, a mí me gustaban las mujeres. Pero bueno, el chiste de aquella primera vez con mi doctora Mariela no fue eso, sino un detalle que tuvo que ver con el equipo y material y las posibilidades de esterilización que eran plenas. Ya sentado, ella acercó ese brazo que parece una bandeja y el dijo a la asistente que colocara allí el material esterilizado. ¿Y qué pasó? Bueno, que en aquella época cuando se pedía que montaran una bandeja, se montaba con todo. Literalmente: con todo. Se fuera o no a usar, era ese el método, luego se recogía y se llevaba para esterilización. Era un modo de ahorrar trabajo al especialista.

Pues estoy yo allí sentado y viene la asistente y saca de una bandeja metálica que parecía una fuente de ensaladas un paño verde y dentro de él abre un papel acartuchado envuelto como un rodillo. ¡Y para qué contar! ¡Habían allí pinzas, jeringuillas, martillos, agujas, rastrillos, tornillos, muelles y palancas de todos los colores y tamaños! ¡Qué susto! ¡Yo pensaba que mi linda dentista que acababa de conocer iba a utilizar TODO aquello! Nunca se me ha olvidado esa impresión, me dieron ganas de mandarme a correr. Al final, utilizó algunas cositas y ya. Me hicieron una impresión y me dieron un turno para el siguiente mes. Luego, fui mes tras mes. Pasé por varios tratamientos y varios tipos de aparaticos dentales y si hoy tengo una sonrisa decente, es por su trabajo y dedicación. Fue raro el turno en que ella faltara, siempre estaba e incluso me citaba para otras clínicas que tenían un equipamiento que en aquella no había. Siempre la bandeja la ponían que parecía un stock de mecánica, pero ya me había acostumbrado. Incluso al poco tiempo iba solo a la consulta pues se trataba de ver la evolución y perfeccionar al aparato a las nuevas circunstancias.

Hace poco tiempo, ya adulto, me pasó otra cosa parecida pero al revés. Fui a hacerme una limpieza y la estomatóloga me pregunta por las muelas del juicio de abajo porque me ve los dientes algo presionados. Las de arriba estaban bien, salieron en posición. Como dije antes, la política ha cambiado en el mundo de la estomatología y ahora se preservan las piezas, si mis cordales superiores están bien y tienen espacio – ¡no van a tener si me sacaron una muela permanente cuando era niño! ¿recuerdan?- ahí se quedan. Pero los de abajo no estaban y me mandó unas plaquitas. El resultado fue el siguiente: una muelita del juicio en la parte inferior izquierda y nada, absolutamente nada, en la derecha. Me recomendó operar la que existía pues parecía estaba comprimiendo a los demás.

Siempre he escuchado historias de horror y misterio al respecto, pero bueno, fui a mi consulta y esperé y esperé. Resulta que el médico, un muchacho joven, había visto la placa y como era una muelita en formación, pequeñita ella, la dejó para el final y fue sacando los casos más complicados. Son otras épocas, recuerden eso. No hay tanto material para estomatología y el equipo de esterilización estaba roto, el material era lavado y empaquetado y llevado en la tarde a otra clínica. Lo traían al empezar la jornada siguiente. Me llegó el turno, vino el doctor, cuchilla en mano, picó y… ¡sorpresa! No era una muelita simplona, era una muelita engañosa. Se trataba de un cordal con todas las de la ley que venía en mala posición y en la placa parecía otra cosa. Pues allí estaba yo, con la herida abierta y el médico casi sin equipamiento pues había gastado todas sus balas en casos supuestamente más complejos. Aquella operación le costó 55 minutos de trabajo, tengo que reconocer que fue todo un artista, pues a diferencia de mi estomatóloga de la infancia, no disponía de equipos para ejecutarla correctamente. No me dolió mucho, solamente sentí el agotamiento de tanto tiempo de operación en la boca y una manipulación con las herramientas digamos no ideales. La recuperación fue muy buena y rápida.

Como les decía, la semana pasada tuve que ir nuevamente y me sentaron en el mismo sillón de esta operación. No tenía turno ni nada grave, es que nuestra dentista amiga quería hacerme una limpieza antes de irse de colaboración por dos años, coincidentemente al lugar donde alguien se fue y empezó mi historia de dientes desubicados: Angola.

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