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Almacén

De aquí sacamos los papelitos

Y vino un jonrón con bases llenas que tuvo mucho más significado que las cuatro empujadas que traía encima. Hasta ese momento estuve en mi casa. Me vestí y me fui para el estadio aunque mi familia decía que era por gusto, que no iba a poder entrar. Atravesé la puerta final de la banda del right field bajo la mirada de un policía de tránsito con su moto y subí hasta el tope para pararme allá arriba porque no había donde me pudiese sentar. Cuando yo era niño, mi papá me llevaba al estadio y recuerdo que las primeras veces siempre era para ese lugar porque es donde menos pelotas caen, según fui creciendo me cambió de posición hasta que iba solo y escogí la que más me gustaba pero mis primeros recuerdos en el Augusto César Sandino de mi ciudad son al final de la grada de la parte derecha. Y allí estaba cuando nuestro equipo ganó después de 18 años de espera.

Yo estaba en 3er año de la carrera de arquitectura la última vez que esto pasó y algo conté ya de aquel grupo de muchachos que vivió los comienzos de la vida universitaria precisamente con tres campeonatos seguidos. Los recordé mucho en ese momento del último out, casi todos fuera de Cuba, otros fuera de la ciudad. Solo quedaba yo para ir a presenciar un triunfo que me que me hizo recordar tantas amistades, momentos tan buenos en tiempos tan grises como lo fue el trienio 1992-1995.

Como era de esperar, la gente se lanzó al terreno, las gradas fueron quedando más vacías y entonces se me ocurrió algo. Poco a poco fui abriéndome paso desde lo más alto y lejos y caminé entre los que quedaban. Me demoré porque aún había mucho público y el tramo era largo, pero ya tenía un propósito. Realmente yo no iba a ir al estadio ese día pero cuando hubo una diferencia apreciable pensé que quizás después de 18 años alguno de mis amigos lejanos me llamaba al teléfono en estos días –nunca me han llamado ni se saben el número, pero bueno, así es uno cuando quiere ponerse sentimental piensa hasta en lo imposible e improbable– y me iba a preguntar si yo había estado allá. No podría decir que no. Fui por ellos y por la nostalgia que hay que saber tragarse y moldear para convertirla en un suspiro. Y si bien ya podía decirles que estuve cuando ganamos, quería mejorar eso y me puse en movimiento a través de la gente. Cuando entregaron el trofeo ya yo había llegado al pórtico entre la 3ra y la  4ta viga de la parte de primera base y al espacio entre el 6to y el 8vo escalón. Esas coordenadas eran las mismas que ocupábamos y donde alguna vez estuve con acrílico naranja en la cara y una jaba de papelitos cortados a tijera gritando por un título ya en un recuerdo añejo.

En diciembre pasado mi sobrina hizo las pruebas de aptitud, las aprobó y le llegó arquitectura. Yo la acompañé el día del examen a la facultad y antes de llegar hice la foto que está arriba. Ella me preguntó por qué me interesaba aquella casita deslucida. Difícil imaginar que tuviese que ver aquella estampa con otra de tanta felicidad pasada y con este presente de campeones.

Lenin fue al estadio – El Café de Nicanor – 19 de enero 2012

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