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El Nicho

…hasta manchado con fango de la Sierra!

no congeles el júbilo / no quieras con desgana
no te salves ahora / ni nunca
Mario Benedetti

Cuando estuve en el Centro Martin tuve un momento de lucidez personal en solitario. Cada quien tenía en su mano un papel con el nombre de su blog y nos pidieron los claváramos en una pancarta donde estaban marcados algunos momentos destacados en secuencia de actividad colectiva. Querían que los pusiéramos en aquella donde nos sentimos parte de un grupo, parte de una comunidad, parte de algo nuevo a lo que nos integrábamos. Todo el mundo se abalanzó contra el cartel. Me mantuve tranquilo por mi habitual tendencia a actuar casi siempre a solas y determinar mi propio ritmo pero además sabía que donde yo iba a poner el mío –porque dudas no tenía- no iba a estar colgando más ninguno. En la excursión de octubre a El Nicho me sorprendió su belleza natural y potencialidades muy poco explotadas para un turismo juvenil de acampadas, era la primera vez que iba. Del grupo que subimos yo era el único que no conocía a nadie, todos los demás o habían estado en El Turquino o ya eran parte de alguna manera de un colectivo. Entonces no tenía apuro en la Sala Reverendo Lucius Walker: donde yo iba a colocar mi identificación no iba a haber nadie más. Y a mucha honra.

Me quedé con ganas de escribir sobre El Nicho, no lo hice en su momento, sin embargo guardo con mucha ternura el momentico en que fuimos a la escuelita primaria a hablar de Los Cinco y nos distribuimos por las aulas y me tocó una donde habían niños muy pequeñitos que nos miraban con cara de “…llegó visita, cuida’o con meter la pata!”. No decían nada y ni siquiera se atrevían a mencionar los nombres de los Héroes. Pero alguien preguntó a la maestra si ya se sabían el alfabeto y ante la respuesta afirmativa les dijo entonces a ellos que había dos que sus nombres empezaban con R. Y así, saltando de letra en letra, los niños del Escambray fueron diciendo ese quinteto de nombres que conocían y les daba pena decir pero cuando el tema era demostrar que habían aprendido a leer y escribir todo cambió. Algo quise en su momento emborronar sobre el abecedario, Los Cinco y aquellos guajiritos que querían ser doctores y maestros en un huequito de nuestro macizo central, lugar que en los inicios de los 60 del siglo pasado fue teatro del terrorismo con bandas armadas organizadas y financiadas desde los Estados Unidos. Quería hacerlo desde el corazón, no del panfleto. No supe quedar satisfecho con mis letras de un lado y lo que quería decir del otro y abandoné el intento, pero voy a hablar de El Nicho hoy, en otro tono y con otra intención.

Armamos nuestro campamento en un lugar en que la dirección del Gran Parque Topes de Collantes perteneciente a Gaviota nos permitió establecernos. Era muy cerca de las cascadas, unos veinte o treinta metros detrás de un restaurante rústico para el turismo internacional. Para comer teníamos que caminar primero hasta la carretera y luego ir a otro restaurante, mucho más modesto, en el pueblecito de El Nicho donde antes ya había ido una avanzada a decir qué menú habíamos escogido. Caminando podrían ser unos dos kilómetros desde nuestra base en el monte hasta las mesas. Luego nos quedábamos allá en un lugar abierto al frente, compartiendo, jugando, conversando. Lo hacíamos porque lo único que había en nuestro campamento para iluminarnos era un bombillo que había en un bañito cercano a las tiendas y al caer la noche todo se ponía muy oscuro. En aquella carpita estábamos hasta algo más allá de medianoche y emprendíamos entonces el camino de vuelta. Cantábamos, mirábamos las estrellas, nos reíamos. Con las linternas íbamos iluminando algunos pasos más adelante y no mucho más allá.

Dudo que alguno de nosotros a solas hubiese estado dispuesto a hacer ese recorrido, o al menos dudo -si hay algún valiente que sí se siente capaz- que lo hubiese hecho con tanta calma y tanta seguridad. Andar en boca de lobo por esos montes entre lomas y cafetos no es gracia. A eso le sumo el lugar donde estaba nuestro sitio para dormir, al aire libre, metido en el monte y cerca del río. ¿Quién a solas hubiese puesto su colchón allí? Ninguno, seguramente. ¿Qué fue lo que hizo entonces que para todos fuese tan fácil primero caminar un buen tramo en la tierna madrugada por una carretera sin luz y luego dormir plácidamente en un bosque con los sonidos perdiéndose bajo el tronar de una cascada? Si alguien quiere dárselas de arrogante le digo que no fue él, sino que fueron los demás.

Porque andábamos en grupo pudimos primero caminar a ciegas donde cantar nos aseguraba que no estábamos caminando solos para luego llegar a poner la cabeza en calma en la oscuridad de la naturaleza. Y si queremos crear, preservar y pulir sueños también tiene que ser andando en grupo. Y si no va a ser así –porque a veces la frustración se bebe también hasta los mejores sueños- entonces estaré con aquellos que cuando llegue la noche sé que se quedarán conmigo.

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