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– Cuando te vas de safari… ¿alguna vez estás con otra?

– De quererlo estaría contigo.

– ¿Alguna vez te sientes solo?

– A veces.

– ¿Te preguntas si yo lo estoy?

– No.

– ¿Piensas en mí?

– A menudo.

– No lo suficiente para regresar.

– Siempre regreso. ¿Qué ocurre?

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– Bror me pidió el divorcio, quiere casarse con otra. Pensaba que tú y yo podríamos hacer eso algún día.

– ¿El divorcio?…. (Se sonríe) ¿Por qué cambiaría las cosas una boda?

– Tendría alguien mío.

– No, no es así.

– ¿Qué hay de malo en casarse?

– ¿Has visto algún matrimonio que admires?

– Sí, muchos…. El de los Benfield es uno.

– La envió a Europa por el monzón, en 1910. Hasta 1913 no la reclamó.

– No es una broma. La gente se casa. Algunos animales se aparean de por vida.

– Sí… los gansos.

– ¿Sabes? Usas los animales para tus argumentos pero a mí no me dejas.

– Yo me aparearía de por vida. Día por día.

– Me gustaría que una vez, aunque sea, alguien me lo pidiera. Promete que me lo pedirás y yo te prometo que te diré que no.

– Quieres que confíe en ti ¿eh?

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– Cuando te vas, no siempre te vas de safari, ¿verdad? Solo deseas estar solo.

– No lo hago para lastimarte.

– Pero me lastimas.

– Karen, estoy contigo porque escogí estar contigo. No quiero vivir como otros piensan que debo vivir, no me pidas que haga eso. No quiero ser el último capítulo en la vida de nadie. Estoy dispuesto a pagar por la mía en soledad y hasta morir solo si tengo que hacerlo.

– Y quieres que yo también pague.

– No, tú puedes elegir pero no me das a mí el mismo derecho. No estaré más cerca de ti ni te amaré más por un pedazo de papel.

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