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A caballo mi beso / a caballo de la primavera

Silvio Rodríguez

Eran tres o cuatro hembras preñadas casi al mismo tiempo. Una de ellas, particularmente hermosa, se distinguía fácilmente por una singular mancha en su pecho que, a los ojos de todos, simulaba un par de alas. Era una sangre fría que había sido montada por un sangre caliente, se esperaba entonces una cría tranquila y dócil como su madre, ágil y ligera como su padre. Fueron 11 meses de cuidados exclusivos en los que hubo mucha especulación y futuros sueños.

Él resultó ser un sangre tibia por el cruzamiento genético, pero sin dudas, desde su primer contacto con el medio exterior, se acercaba más al comportamiento de su padre. No hubo equilibrio, su temperamento es lo más cercano posible a un sangre caliente, aunque no lo es. Hacía más de dos años que no lo besaba, que no lo acariciaba ni apoyaba mi cabeza en la suya. Más de dos años sin nuestros coqueteos habituales, sin nuestro acicalamiento mutuo y sin sentir su furia entre mis muslos. Meses atrás había estado enfermo y no pude estar a su lado, otros lo atendieron y lo cuidaron por mí. Decían que era tristeza.

Esa mañana estaba decidida a darle y darme la paz que ambos necesitábamos. Me acerqué a sus dominios lentamente. Pensaba en si al verme me reconocería.  Confieso que tuve miedo de que no se acordara de mí al cabo de tanto tiempo sin el más mínimo roce. Los planes eran única y exclusivamente caminar a su lado, respirar el mismo aire, susurrarnos, cruzar nuestras miradas, sentir sus pasos firmes destrozando el suelo bajo sus pisadas. Devolvernos todo, o casi todo, lo que habíamos perdido.

Nos divisamos de lejos. Lo que sentí en mi corazón al verlo sé que fue exactamente lo mismo que él sintió. Su fuerte instinto lo hizo acercarse a mí con la velocidad de un rayo, la distancia que parecía bastante se convirtió en nada en cuestiones de segundos. Por un momento me asusté pues me vi indefensa ante todo su arsenal. Se acercó y se alejó nuevamente a la velocidad de la luz. Lo perdí de vista, mi mirada buscaba ansiosa en la inmensidad pero no alcanzaba a encontrarlo. Llegué a pensar que eso sería todo,  que no volvería hacia mí. De repente y desde otra dirección,  escuché el sonido seco de sus cascos y al voltearme lo vi que se acercaba a toda máquina dejando tras su paso, en el aire, los trozos de pasto arrancados con furia en su potente pisada. ¡Yo sonreía, y él también! Así estuvo un buen rato, no se concentraba, como un bólido iba y volvía. Era, sin dudas, su manera de expresar la felicidad que sentía al verme, la misma que  yo estaba sintiendo y que ambos disfrutábamos a la par, cada uno a su manera. Le hablaba, le decía mi niño, mi rey y él me respondía con relinchos de varios tonos. Me reía a carcajadas. Caminamos juntos durante casi media hora en ese ir y venir suyo, manteniendo por minutos su paso a mi lado y devolviéndome las mismas caricias y gestos de hacía dos años atrás. Me di cuenta que él quería mucho más que eso, pero no me sentía en condiciones para cumplir sus expectativas que, sin dudas, eran muy superiores a las mías.

Al día siguiente, salí a su encuentro brida en mano. Yo sabía que eso era lo que él quería desde el día anterior. En cuanto me vio se acercó, resoplaba muy fuerte y movía a un lado y a otro su cabeza. Sabía lo que yo tenía en la mano, sabía que era para él, adivinaba lo que sucedería en los próximos minutos. Sin la menor resistencia me  dejó colocársela. La brida representa una acción poderosa para él. Pero no sucedió lo que mi amigo esperaba, salí caminando y él detrás de mí, protestando en su lenguaje. Fue increíble verlo y sentirlo molesto porque lo que quería realmente era que yo lo montara. Me sentía insegura, no estaba convencida de poder hacerlo y él me convenció. No paraba de resoplar, me alaba la mano, subía y bajaba la cabeza, relinchaba sin parar. Yo riendo y disfrutando, sabía que él no deseaba pasear tranquilamente, deseaba y necesitaba sentirme en su lomo como antes. No le puse silla, bastó un paño de lana entre su piel y la mía.

Apenas lo coloqué, se quedó quieto, casi inmóvil… ¡fue increíble! Sin embargo, cuando me supo en su lomo fue como si toda la adrenalina del universo se vertiera en su torrente sanguíneo. Pero su marcha, que en un principio fue loca y desenfrenada, se fue volviendo un galope sereno, pausado, que poco a poco se redujo a trote. Ambos nos disfrutamos, nos devolvimos lo que una vez se truncó. Los dos sabíamos, en ese preciso instante, que la vida volvía a ser bien simple y que toda la paz del mundo nos pertenecía con su lomo entre mis piernas.

-*escrito por Jazbell*-

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